En las primeras viñetas de Los Nadie se ve un cementerio. El lugar tiene un nombre: Sidi Salem, en Nador, Marruecos. Decenas de sus lápidas, sin embargo, no: allí yacen seres humanos que perdieron la vida tratando de cruzar la valla de Melilla, hacia España. Hoy solo los identifican una fecha y un número. Recordar esa y otras tragedias de la frontera era el motivo por el que surgió el cómic de Sergio Illescas y Mario-Paul Martínez. Sin embargo, casi un año después del lanzamiento, los autores comparten su asombro con EL PAÍS por haberse visto arrastrados a otra denuncia pública. Sostienen que la editorial, Dolmen, no respetó el contrato ni los plazos de pagos y sacó una segunda edición con “errores graves”, entre otros incumplimientos de promesas y aspectos contractuales. Problemas parecidos a los que lamenta una veintena de autores (la mitad de los cuales ha hablado con EL PAÍS) que se ha juntado en un grupo de WhatsApp para poner en común sus malas experiencias con el sello y coordinar futuros pasos, incluso legales. Illescas y Martínez solicitan en balde desde noviembre la resolución del contrato a través de una abogada y acceden a revelar su situación después de agotar las vías de negociación “amistosa”. El camino judicial se les hace cuesta arriba por su elevado coste, y porque cinco de los autores no disponen de recursos y viven en distintas partes del mundo. Aún así, no lo descartan. Illescas resume: “Un proyecto humanitario, solidario, se ha convertido en una pesadilla”. Otras nueve fuentes contactadas por EL PAÍS, entre autores, proveedores y extrabajadores de la empresa, han descrito hechos parecidos, sucedidos en los últimos 15 años. Enrique Segura, profesor y estudioso de los videojuegos, ha publicado nueve libros con Dolmen. Afirma que solo ha recibido “cifras de ventas del primero”, Dreamcast: El sueño eterno, que rápidamente agotó la primera edición (de 1.500 ejemplares) en 2019. Calcula que el sello le debe varios miles de euros, ya que solo ha cobrado pequeñas cantidades en concepto de adelantos, y únicamente por cuatro de sus obras. “Y eso a falta de los royalties, porque no tengo ni idea de cuántos libros míos han vendido. Algunos han superado las tres ediciones”, insiste. “Trabajamos con cientos de autores, así que siempre puede haber algo que salte”, responde Vicente García, responsable de la editorial. Reconoce que el caso de Segura es cierto y que un problema de “estructura adquirida desde hace 30 años” ha contribuido a ralentizar la entrega de informes de ventas o pagos, pero están lanzando un programa informático “para solventarlo”: “Se trata de gestionar muchísima información, sobre miles de títulos”. “Mi teléfono lo tienen todos, y cualquiera puede llamar a la distribuidora abiertamente y preguntar. Es cierto que hemos sido reactivos, cuando a alguien por lo que sea no se le habían mandado los informes de ventas. Y tendríamos que ser activos. Durante mucho tiempo he llevado la empresa yo solo, no he sido capaz de delegar. Dolmen es una compañía familiar. Hay gente que se cree que es una megacorporación”, agrega García.“¿Qué pasa ahí dentro para que solo se cobre cuando lo pides tantas veces que ya te da vergüenza a ti mismo?”, se pregunta, sin embargo, Segura. Y agrega: “Jamás han dejado de pedirme libros sin llegar a pagarme los anteriores. Uno a veces tiene la impresión de que la única preocupación que tuvieran fuera la de saturar el mercado de cargamentos de libros, para tener más y más ISBN [la cadena numérica única internacional que sirve para identificar las obras, como si fuera su DNI], sin llegar realmente a promocionar dichos libros ni a sus autores”. Esos ISBN son imprescindibles para poder recibir ayudas públicas. Entre 2022 y 2025, Dolmen ―cuyo nombre oficial ahora es Plan B Publicaciones, aunque sigue empleando la vieja marca― recibió más de 460.000 euros de subvenciones, emitidas por Baleares, el Consejo Insular de Mallorca y el Ministerio de Cultura, como consta en la web del Sistema Nacional de Publicidad de Subvenciones y Ayudas Públicas. Las cuentas de Plan B Publicaciones en el registro mercantil muestran que facturó 1,4 millones y logró un beneficio neto de 28.810 euros en 2024, último dato disponible. Vicente García matiza: “Las ventas en general son las que son. Se suma una delicada situación del sector. Desde hace un par de años estamos en modo supervivencia. Cualquier otro hubiera cerrado hace tiempo. Con cualquier posible beneficio se están pagando deudas atrasadas. Se nos ha ido de las manos, la empresa creció por encima de ser manejable. No se puede seguir llevando como familiar, al menos a nivel informático”.Novela e ilustraciónTras un viaje a Melilla como periodista, en 2022, Sergio Illescas elaboró un reportaje. Concluyó, sin embargo, que tantas muertes olvidadas merecían más, de ahí que se volcara con Martínez en una novela gráfica. Sumaron a cinco ilustradores afrodescendientes ―Shiroug Idris, Eusebio Nsu Nsue Asue, Gabriel Castillo, Zainab Fasiki y Frank Xarate―. Y, tras varios contactos, lograron el sí de Dolmen. Venía, eso sí, condicionado: la editorial solo podía asumir el pago de los dos autores principales. Así que lanzaron junto con el sello una campaña de micromecenazgo en la plataforma Verkami para juntar 5.500 euros y remunerar a los cinco ilustradores. En un mes, recibieron 6.645. Todo listo, pues, para firmar un contrato, al que tuvo acceso este periódico: preveía 100 euros de adelanto simbólico para cada artista y otros 900 una vez publicado el libro. Pero cuando sucedió, en mayo de 2025, García les comunicó que había gastado ese dinero, enviado por los lectores para los dibujantes, en “otras cosas”, según Illescas. El éxito del cómic acudió al rescate: tras la venta rápida de casi todos los primeros 1.500 ejemplares, García saldó las cuentas pendientes. “Al final todo el mundo ha cobrado. Ha habido retrasos también en la producción: esta obra se tendría que haber entregado antes, y yo no les puse ningún problema”, apunta el editor. Aunque la entintadora del tebeo la terminaron pagando de su bolsillo los autores. Que, además, critican también la segunda edición, otros 1.500 libros lanzados “repletos de errores”: contienen viñetas recortadas, donde desaparecen márgenes, detalles, un trozo de un mapa y hasta un nombre, como muestra un dosier que han recopilado. La Ley de Propiedad Intelectual establece, entre las obligaciones del editor, “reproducir la obra en la forma convenida, sin introducir ninguna modificación que el autor no haya consentido”. Fallos en la edición del cómic ‘Los Nadie’ por parte de la editorial Dolmen.Illescas y Martínez terminaron cancelando presentaciones. Su rechazo consta también en una cadena de correos electrónicos con la editorial. “Le pedimos que retirara las copias de las librerías y nos devolviera los derechos. Ha publicado un libro mal editado, vulnera nuestros derechos de autor, se ha desentendido de un proceso solidario y nos ha quitado toda posibilidad de seguir. Su respuesta es que son cosas que pasan, y que si no queremos que circulen los compremos nosotros”, lamenta Martínez. “Hubo un error, pero la obra ya está retirada del mercado por nuestra parte. No se puede conseguir. Espero que cerremos pronto este tema, disolver el contrato y devolverles los derechos”, dice García. Aunque Los Nadie aparecía como disponible ayer mismo en cadenas como Fnac y en decenas de librerías, a través de la plataforma Todostuslibros.com. Illescas subraya que eso mantiene el proyecto “totalmente bloqueado y sin ningún futuro en España”. Lo que no suele pasar, según el autor, es que los afectados acudan a una letrada: “Juega con la precariedad y la ilusión de la gente por publicar. Sabe que un dibujante no se va a meter a temas legales, entre otras cosas porque las cantidades a reclamar son bajas, cuesta un dineral y los plazos del juzgado para resolver estos asuntos oscilan entre tres y siete años”. “Vicente, desde su posición de poder, juega con que los ilustradores vivimos cada uno en un país y es muy complicado denunciar todo esto. No ha parado de faltarnos el respeto, muestra una actitud discriminatoria con gente en países más desfavorecidos. Y nos parece que están saboteando el proyecto con desprecio para que nos rindamos”, declara el ilustrador dominicano Gabriel Castillo. El periodista y desarrollador de videojuegos Nacho Requena lleva desde 2018 en un segundo proyecto editorial con Dolmen, desde que la empresa entró como editora de la revista que él había fundado, Manual. La publicación contaba con un sistema de suscripciones que, según Requena, era rentable desde los 500 afiliados, y que se cumplieron en apenas 48 horas: “Tiene 1.200, pero durante mucho tiempo desde Dolmen decían que no había dinero”. Añade que Dolmen empezó a retrasarse con los pagos desde 2022, lo que afectó también a maquetadores o colaboradores. La editorial terminó firmando un plan de pago fraccionado “que no se ha cumplido desde septiembre de 2025, hace ya medio año”, indica Requena. En diciembre, sus abogados mandaron un buforax que no tuvo respuesta, y ya explora la vía judicial.Informes y evasivasOtros cuatro autores, que han publicado con la editorial en algún momento de las últimas dos décadas, describen escenarios semejantes: informes de ventas que casi nunca llegan, repartos dudosos, tardíos o ausentes de derechos de autor; evasivas, la mala racha del sector editorial como pretexto para aplazar pagos, que se materializan solo tras mucha insistencia. Una persona que trabajó un tiempo en la editorial afirma que había “gente, gente y gente” llamando para exigir su dinero. Tanto Alejandro Pacheco, hijo del fallecido dibujante Carlos, como el artista Manuel Caldas airearon el año pasado en las redes sociales sus quejas contra el sello. Aunque con el primero se alcanzó meses después un acuerdo, según un comunicado que emitió Dolmen: “Cualquier tipo de malentendido ha quedado en el pasado”. Algunos de los libros de Enrique Segura editados con Dolmen.“Publiqué con ellos un cómic. Apareció con numerosas erratas de diseño y edición y jamás me hicieron llegar ni una sola declaración de ventas anual que, por contrato, deberían haber hecho. También lo siguen incluyendo en su web como disponible a pesar de que perdieron los derechos hace años”, cuenta un creador que pide el anonimato. Otro relata que sí recibió datos sobre la difusión de su obra, pero también un disgusto cuando fue a chequearlos con librerías y con las cifras de la empresa especializada Nielsen: “En realidad las ventas eran más altas”. Un tercero cuenta que solo tras acudir a un abogado logró que él y su coautor recibieran el pago del adelanto. De los informes de ventas, sin embargo, siguen sin saber nada, de ahí que no hayan cobrado aún un solo euro por la difusión de su obra y vuelvan a plantearse la vía legal: “Me avisaron antes, pero no le di mucha importancia. Ahora me doy cuenta de que mucha gente está igual. Es su modus operandi”. Un cuarto autor también estudia la posibilidad de ir a juicio, y estima que le deben unos 5.000 euros. La era del mangaLa historiadora del arte especializada en cómics Iria Ros ya acudió a los tribunales, por partida doble. En octubre del año pasado, en un acuerdo previo al juicio, logró que Dolmen reconociera que su despido fue improcedente. Y en unos meses, salvo que haya pacto, pretende demostrar en otro proceso que el sello la contrató en situación de fraude de ley y le debe dinero, así como el reconocimiento de la categoría profesional adecuada. Todo desde que, en pleno boom del manga tras la pandemia de coronavirus, García le encargara resucitar la línea de cómic japonés de la editorial. “Me contratan a media jornada, en remoto como auxiliar administrativo, como si no tuviera estudios. Mi sueldo era de unos 800 euros. Lanzo todo un sello editorial, consigo licencias y contactos, lo único que no hacía era pagar las facturas. Empezamos a publicar, según ellos las ventas eran terribles, según datos que tengo en la distribuidora estaban bien, considerando la nula publicidad que hacían. El acuerdo original era que se actualizaría el contrato cuando las cosas mejoraran”, relata. El sello, en cambio, le ofreció despedirla, por falta de ventas. “Me dijeron que podían pagarme 150 euros al mes mientras cobraba el paro, por seguir haciendo el mismo trabajo”, detalla Ros. Finalmente, la echaron sin más. Y sin que ella tampoco accediera en sus últimos días a formar a la persona que haría su trabajo. “Mucha gente se puso en contacto conmigo para contarme sus malas experiencias tras haber hecho público mi caso”, reflexiona Ros. Las otras fuentes repiten el mismo análisis: una constante huida hacia adelante, en busca de una publicación hoy que cubra el agujero de ayer. “La línea del manga es parte del problema. Con eso hemos perdido 80.000 euros. Imagínate qué representa para una empresa como la nuestra. En el momento en que no funciona hay que cerrarla, no se pueden pagar 12 nóminas y tener 50.000 euros en gastos mensuales. Teníamos que asumir de forma interna algunas funciones”, rebate García. Una de las imprentas que han colaborado con Dolmen, contactada por EL PAÍS, también relata varios problemas, pero pide que su nombre no aparezca. “Hubo varios años de fricciones. Se retrasaban en los pagos, pero un día ya no pagaron más, y no tuvimos más remedio que dejar de trabajar con ellos, porque acumulan una deuda muy, muy alta”, señala un trabajador de la compañía, a la que Dolmen debería aproximadamente 100.000 euros.Dos fuentes conocedoras del sector coinciden: “Es vox populi desde hace años”. “No conozco a nadie que haya pasado por Dolmen y quiera repetir”, apunta una. “¿Cómo encontrar autores que tengan problemas con ellos? Fácil, cualquiera de su catálogo”, dice la otra. Da fe de artistas que hicieron colas entre fans, en sesiones de firmas en algún festival de cómic, para llegar hasta el editor y reclamarle el dinero. O de cómo García le espetó “tu tebeo no se está vendiendo” a un autor que ocupaba un puesto muy arriba en las listas de Amazon. Preguntado por una posible autocrítica, el editor apunta: “Totalmente, no haberse adaptado a medios más modernos, haber publicado cosas que no deberíamos haber publicado porque iban a dar pérdidas, no saber gestionar con los bancos el tema financiero, llevar esta empresa como familiar cuando ya no lo es. Yo soy megalómano en este sentido, hemos sacado por encima de lo que deberíamos haber sacado. Y no haber visto con tiempo todo esto”. Para varios autores ya es tarde. De ahí que hayan empezado a escribir un capítulo inédito en su relación con Dolmen. Creen que ha llegado la hora de plantarse.

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