El gobierno padece un fenómeno de disonancia que podría afectar el liderazgo de Claudia Sheinbaum. Mientras la presidenta goza de abultada popularidad en el país y de reconocimiento en el extranjero por la coyuntura Trump, al interior de Morena su voz no impone.Casi cada semana el régimen vive pleitos soterrados o públicos. La división asoma lo mismo en torno al desafuero de Cuauhtémoc Blanco que, el caso más reciente, el bloqueo de Adán Augusto López a la visita al Senado de la líder formal del partido Luisa María Alcalde.El sábado pasado en este espacio expuse que los amarres sucesorios de Andrés Manuel López Obrador están agotados. La disposición de cargos a “las corcholatas” perdedoras del 2023 ya dio de sí. La coyuntura demanda un ajuste. El tema es quién lo hará.Sheinbaum traspasó el umbral de su primer semestre de gobierno con una imagen de incuestionable liderazgo hacia afuera y un respaldo nacional arriba de los 80 puntos en todas las encuestas. Buena parte de ello se debe a cómo ha manejado la embestida de Donald Trump.También hay que acreditar que la presidenta rediseñó la Mañanera y desde esta ha podido activar la propaganda con uso y abuso de medios públicos. Igualmente, no pocos sectores de la prensa le han dado en este arranque del sexenio un evidente cheque en blanco.Y en las giras que realiza ha sabido encontrar el discurso que la cauda de simpatía por el obradorismo a nivel popular requería luego del retiro del líder y fundador del movimiento. Si tantos frentes han sido dominados, entonces, qué provoca olas al interior del movimiento.Sheinbaum no es hasta hoy la líder indiscutible de Morena. E incluso la ausencia de Andrés Manuel le estorba porque, diría el clásico dicho sobre la despedida de Juan Pablo II, el tabasqueño se fue, pero no se fue.AMLO dejó el partido a dos alfiles totalmente identificados con él. La mencionada Alcalde y su hijo Andrés Manuel López Beltrán, que ocupa la empoderada —se le dieron más atribuciones— secretaría de Organización. Y dejó, además, la idea de que puede reaparecer.La falta de definición de un liderazgo único ha insuflado exacerbadas ambiciones personales. Son muchos quienes se creen con derecho a hacerla de exégetas de Andrés Manuel, mientras quien debería ser el fiel de la balanza parece indecisa o incapaz de hacer valer su peso.Si Sheinbaum no actúa, si permite que se instale la duda de quién manda, la noción de que el bastón de mando es solo para las cosas técnicas del gobierno, mas no para disciplinar a los cuadros e imponer la congruencia entre doctrina y actuar, lo terminará padeciendo.Es el típico “los vacíos se llenan”. Y uno de esos vacíos es la falta de operación política. Aun si es verdad que la presidenta pidió bloquear el desafuero de Blanco, la forma en que se dio esa protección fue grotesca y en detrimento de la agenda feminista de Claudia.Y hablando del Congreso. Esta legislatura no lleva ni un año y en la misma se dan comportamientos que hacen cuestionarse si la bancada morenista podrá resistir, de cara a las elecciones de 2027, el costo de las ambiciones.Como ejemplo, ahí está el empoderamiento en la cámara alta de Andrea Chávez permitido, sino que alentado, por Adán Augusto y no es un asunto de folclor o mera cuestión de estilos.En su adelantada carrera por la candidatura de Chihuahua, la senadora lastima con frecuencia los postulados del obradorismo que prometían austeridad y una política sin abusos ni prepotencia.Frente a todos los que creyeron que Morena haría las cosas de manera distinta, Chávez no oculta que recurre a prácticas que harían sonrojarse a los truculentos de los tiempos del PRI.Chávez tampoco dimensiona en que al jactarse de recibir recursos privados para su promoción, disfrazada de servicios de salud que tiene que dar el Estado, aniquila la promesa de Morena, esa que clama que están por la separación del poder político del poder económico.Y ya puestos en el cinismo al que con su actitud invita la senadora Chávez, esta no comprende en que lastima a sus propios compañeros; es decir, se burla de los procesos internos de Morena, y de una presidenta que sale cada mañana a presumir honestidad.El de la senadora Chávez es, por supuesto, solo un botón de muestra. Sin embargo, que ella se envalentone antes que avergonzarse al revelarse apoyos que pueden ser un delito, vuelve a poner la pregunta en la mesa: quien manda en Morena ¿está de acuerdo con eso?¿Está de acuerdo también en el trato que Adán Augusto le da a Luisa María, a quien no le permite reunirse con senadores? ¿Y no le importa que a final de cuentas dentro del mismo movimiento haya voces que deploran vehementemente el fuero a Cuauhtémoc Blanco?Esas preguntas están dirigidas a la presidenta Sheinbaum. No al hijo del expresidente. No a Luisa María. Porque el movimiento le fue encargado a ella. De eso es lo que se trataba la ceremonia, esa del bastón de mando.A Claudia se le entregó un símbolo. Y en la política y las religiones, los símbolos, o infunden respeto e incluso miedo, o son un palo con una sonaja y listones de colores: apenas para una pastorela.En La Jornada han aparecido críticas puntuales al fuero de Blanco. Igual de claridosa al respecto ha sido la escritora Sabina Berman, que además forma parte de los medios públicos, más oficialistas que nunca. ¿Alguien duda que el exfutbolista es un apestado, incluso, dentro de Morena?O la presidenta no está entendiendo al movimiento, o este a ella. Sin embargo, en la primera recae la obligación de que entre ambos haya entendimiento y sincronía. De lo contrario, la división y las ambiciones llevarán a más choques, eventualmente a fisuras y nuevas crisis.La presidenta ha dicho que si México ha salido medianamente bien librado del vendaval de aranceles impuestos por Trump es porque ella tiene el respaldo del pueblo, de la sociedad, de una nación que mayoritariamente no le regatea apoyos y reconocimiento.Con esa misma conciencia, Sheinbaum ha de entender que tiene que ser más como AMLO. Es decir, ejercer a plenitud el poder también dentro de Morena, imponer orden, disponer de sus facultades para disciplinar, erguirse en la que indiscutiblemente vela por el bien del régimen.Si es más como AMLO, despedirá del gabinete a tantos (demasiados) leales que ocupan puestos para los cuales no tienen la mínima capacidad, esos que, encima, son un lujo indebido en la coyuntura de guerra comercial en la que está sumergiéndose el planeta.Si es más como el expresidente, abrazará con mayor pragmatismo inversiones privadas en sectores estratégicos, incluido el de Energía, y acercará talento diplomático ajeno a la 4T para estudiar las jugadas que se avecinan.Sería de elemental lealtad de ella para con el fundador de Morena no tener consideración alguna a la hora de apartar de puestos y funciones a quienes con su proceder hagan que sea de risa eso de no robar, no mentir, y no traicionar al pueblo.Y lo mismo al frenar aspiraciones electorales prematuras. O se manda el mensaje de que, como en tiempos de AMLO, las candidaturas a los Estados las termina por decidir la presidencia, y nadie más, o la guerra intestina en el régimen será de pronóstico reservado.México tiene un reto económico sin precedente. Y llegamos a él con arcas vacías y sombrías estimaciones de los expertos. Mas no es retórica ni pueril optimismo decir que a pesar de todo puede haber una oportunidad para el país.La líder es Claudia. En todos los órdenes. Y las encuestas lo reflejan. Pero ha de ser como AMLO: hacer sentir a todos que nadie puede hacerse bolas, que ella manda, porque así se ganó el derecho dentro del movimiento y así está obligada, a la gobernabilidad, por las urnas.Claudia tiene que ser como su líder. Tiene que ser la lideresa. Tiene que ser quien decide todo, y ello tiene que notarse: su mano ha de mecer la cuna de una operación política que hoy brilla por su ausencia en medio de rivalidades entre los liderazgos heredados y desbocados.

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