Viktor Nevunniy, de 70 años, vuelve a casa después de hacer unas compras. Tiene 39 de fiebre y va directo al ascensor. No funciona, están en pleno corte de luz. Vive en la planta 16ª, la última de un edificio de la calle Valtynska de Kiev. Le toca esperar y se resguarda en la portería, donde Arkadi, el conserje, está almorzando unas sardinillas con pan junto a un par de radiadores conectados a un generador. Fuera hace -7ºC y cae la nieve. Un alivio comparado con los -20ºC de los días pasados, que han vuelto esta semana en el invierno más duro de los cuatro años de invasión rusa a gran escala de Ucrania. Rusia volvió a golpear la madrugada del sábado la maltrecha infraestructura de DTEK, la mayor compañía energética de Ucrania, por décima vez desde octubre. Van más de 220 ataques a sus instalaciones desde el inicio de la guerra en febrero de 2022. A los residentes de Kiev eso les supone quedarse con entre una hora y media y dos de electricidad al día. Nevunniy, coronel jubilado, denuncia que “están intentando congelar a los ucranios y nadie hace nada para parar a Putin”.Arkadi, el conserje de este edificio de la calle Valtynska de Kiev.G. R.-P.El edificio, de 158 viviendas, tiene algunas horas más de luz. Las autoridades han levantado la mano con ellos porque tres días antes, en otro gran ataque, Rusia destruyó la central térmica de Darnytsia, que les proveía con un hilo de calefacción mínimo. Ya se han despedido de ella —hay más de 1.400 edificios de viviendas en Kiev en la misma situación, según el presidente ucranio, Volodímir Zelenski—, para lo que queda de invierno. Igual que del agua caliente, ausente desde hace dos meses en este bloque del margen oriental del río Dnipró.Cuando por fin vuelve la electricidad, el coronel Nevunniy coge el ascensor para subir a casa. Al llegar al descansillo de su piso, señala una planta congelada. Dentro de casa, hace un tour sobre la vida cotidiana con frío y sin suministros básicos. En la entrada tiene preparadas sus posesiones más valiosas en varias bolsas a los pies de una bici, por si su esposa y él tienen que salir corriendo. En el salón, un calefactor pequeño apunta a la jaula con sus tres periquitos. En la cocina enseña un infiernillo con un pequeño bote de gas para cocinar durante los cortes de luz. Junto al baño, un cubo con agua para cuando no hay ni agua fría. Viktor Nevunniy, en el hall de su casa, en Kiev.G. R.-P.La panorámica de la ciudad es impresionante desde su cocina. En todos los sentidos: “Desde aquí se ven todos los drones y da bastante miedo. Parece que están rozándote la cabeza”. Natalia Lapchik, trabajadora social de 67 años, vive en el piso 11º. Llega cargada con dos bolsas, pero no le asusta tener que subir a pie si el ascensor no funciona. Una vez un corte de luz le pilló en el elevador. Es nadadora y está en forma, dice, y subir por las escaleras es un buen ejercicio. También es bastante estoica. En su casa está a 2ºC, y pese a la bula que tienen para usar algo más electricidad, no enciende los radiadores para ahorrar: “Hay una situación crítica energética y nos piden que no malgastemos”. “Dormir con frío es bueno para la salud; también es estupendo para la piel”, bromea.Lo más duro para ella es cuando pasan horas sin nada de electricidad. “Con luz puedes cocinar, calentar agua, hacerte algo caliente. Puedes coger un ordenador y trabajar en la cocina”, cuenta esta mujer, que tiene al hijo en el frente. Lapchik lleva dos meses lavándose por partes. El pelo siempre por separado, “por supuesto”. “Cada dos semanas voy a la sauna, es muy bueno para la salud”, vuelve a decir. “La gente se adapta, los ucranios no nos rompemos”, afirma orgullosa Lapchik. En el edificio estos meses se ayudan más entre ellos, se ha generado más comunidad. “Yo aguanto lo que haga falta con tal de seguir teniendo una nación libre y con dignidad”.Natalia Lapchik sube las escaleras de su edificio en Kiev.G. R.-P.Con todo, reconoce: “Este es el periodo más duro que he vivido nunca; jamás pensé que me vería así. No podía imaginar que los rusos fueran capaces de tanta crueldad”. En Ucrania este invierno resuena el término Kholodomor (muerte por frío), acuñado en recuerdo de la gran hambruna de 1932 y 1933, el Holodomor (muerte por hambre) ordenado por Stalin que mató a entre tres y siete millones de personas. En el tercer piso vive otro coronel jubilado, Viktor Lazebnyk, de 69 años, con su esposa, bibliotecaria de 62. En su casa hace 6ºC. “Mi mujer no sale de la cama. En cuanto llega a casa de la biblioteca, donde hace 3ºC, se mete debajo de varias capas de mantas”. Lazebnyk sufre sobre todo por su gata, Busya, de ocho años. “Intentamos que esté lo más calentita posible. Si la comida está fría, no se la come, y la calentamos un poco cuando hay luz. Por la noche, se mete con nosotros en la cama y nos la ponemos cerca del cuerpo”. Se le ve realmente preocupado por la mascota. “Me da miedo que enferme. Si yo me pongo malo, sé qué hacer y qué pastillas tomar, pero ella…”. El coronel retirado Viktor Lazebnyk, en la entrada de su edificio.G. R.-P.Dentro de lo malo, él es afortunado porque tiene un termo de agua caliente y no depende de las centrales térmicas que proveen al resto de vecinos. La mayoría de la gente no tiene porque la instalación eléctrica es de mala calidad y tendrían que cambiarla antes. Tampoco tienen calderas de gas, porque por seguridad, están prohibidas para edificios de más de nueve alturas.El coronel Lazebnyk no le ve fin a la guerra —“llevamos 12 años y seguiremos seguramente otros más”— ni tiene ningún truco militar frente al frío. “Lo único que funciona es un radiador caliente”. En el bajo del edificio hay una tienda de decomisos abarrotada. Ludmyla, la dependienta, permanece inmóvil agazapada bajo una manta, pegada a un viejo radiador eléctrico que se alimenta de un acumulador. En el mostrador tiene una vela encendida que no da mucha luz y mucho menos calor, pero sí una ilusión de calidez. Ludmyla no quiere dar su apellido. Tampoco quiere que le saquen fotos. Tiene a su hijo y a su hermano en el ejército. Teme por ellos y por lo que pueda pasar, porque la guerra es impredecible.La mujer, de 60 años, está embutida en su abrigo, con bufanda, la capucha de una sudadera de borreguito y manoplas. No sabe qué temperatura hace en la tienda, pero abre la boca y sale vaho: “¿Es normal esto?”. Ludmyla, dependienta en una tienda de decomisos.En su casa, donde vive con su nuera y su nieta, pasa lo mismo. La nariz se queda fría y húmeda a los pocos minutos. Los pies también. Nunca consigue entrar en calor. “Llevo varias capas por arriba, todas muy gordas, y dos pantalones, también muy gruesos. Mira, toca”. Y efectivamente lo son. Svetlana, una clienta de 56 años que vive cerca y ha entrado a mirar abrigos para sus nietas, cuenta que en su piso hace 6ºC, “pero en el edificio algunos no pasan de 2ºC y no tenemos agua caliente”. Sus trucos: usar gas, abrir el horno para que caliente el ambiente, mantas eléctricas cuando hay luz, y mucha ropa. “Lo que peor llevo es que tengo las manos heladas. Es muy difícil hacer nada”.Ludmila duerme con un pijama muy gordo. Sale sin pensárselo de debajo de las mantas porque las noches son malas. Tiene insomnio. De madrugada oye los drones. Se preocupa por su hijo y su hermano en el frente de Járkov. “En realidad estoy deseando que se haga de día”, dice. Por la mañana, ella, su nuera y su nieta se toman un diente de ajo troceado cada una. Se lo tragan sin masticar con un vaso de agua —“Así no huele”— a modo de pastillas, para evitar caer enfermas. También comen mucho salo, una especie de panceta ucrania. Que sea el peor invierno de la guerra no le importa demasiado por ella. “Pero me duele mucho por mi nieta; tiene crisis de ansiedad por los ataques”. Pese a las negociaciones para la paz, no cree tampoco que el conflicto vaya a acabar pronto. Pero ella resiste, como resisten todos, con la vista puesta en la primavera.

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