
Extraña guerra la de Sinaloa que, cuando parece amainar, arranca en llamaradas en el lugar menos esperado. Así han sido estas semanas en la zona sur del Estado, con balaceras, ataques a policías y la desaparición, en Concordia, de al menos 10 trabajadores de un proyecto minero. Este último asunto ha provocado el despliegue masivo de militares y demás cuerpos de seguridad en la zona, que hasta ahora parecía relativamente ajena a la batalla entre facciones del cartel local. La captura de los trabajadores, obra de hombres armados, según los primeros testimonios, ocurrió el 23 de enero. De momento, no hay noticias de ellos. En conversación telefónica con EL PAÍS, la esposa de uno de los trabajadores desaparecidos relata desde su casa, en Sonora, la zozobra en la que vive desde hace casi dos semanas. La mujer prefiere no decir su nombre ni el de su esposo, por seguridad. Dice que el hombre anda en la treintena y trabaja en el área de “seguridad patrimonial” del Proyecto Pánuco, el apelativo que dio la minera canadiense Vizsla Silver a su programa de excavaciones en la zona. “A mí me avisaron el día 24 [de la desaparición]”, explica. “Me hablaron y me dijeron que se lo habían llevado junto a nueve personas más del campamento donde están, ahí en Clementinas. Me avisó el jefe directo, el jefe de los trabajadores de seguridad”, añade. Según la mujer, la última vez que habló con su esposo fue el día anterior a su desaparición, el jueves 22 de enero, por la tarde. “Estaba ayudándole a mis hijos a hacer la tarea por videollamada, todas las noches lo hacíamos para que hablaran. Y no noté nada raro”, cuenta. La mujer asegura que su esposo, que trabajaba allí desde hacía dos años, nunca le comentó que él o sus compañeros hubieran sufrido amenaza alguna. Entre los ausentes, además de trabajadores de seguridad, hay ingenieros y otros especialistas. La mujer dice igualmente que en la última visita de su esposo a la casa, entre el 31 de diciembre y el 9 de enero, no notó que estuviera inquieto o preocupado por algo. “Estaba normal, ninguna preocupación”, asegura. Sobre el día de los hechos, cuenta que su marido andaba en el campamento de la empresa, conocido como Clementinas o Las Clementinas, “dentro del municipio de Concordia, muy cerca de la cabecera municipal”. Era temprano. Como a eso de las 7.30, según le contó el jefe de seguridad, un convoy irrumpió en el lugar. “Lo único que dijo fue que llegaron personas armadas y se los llevaron. No tengo idea si preguntaban por nombre o cómo o por qué se llevaron a los que se llevaron”, explica. “No hemos tenido llamadas de nada. Ni llamadas de rescate ni nada”, añade la mujer. Desplegado en varias comunidades serranas de Concordia, el proyecto minero de Vizsla Silver está en etapa de exploración avanzada, según el último reporte técnico que elaboró la empresa, divulgado hace justo un año. Las previsiones señalan que el subsuelo serrano esconde miles de toneladas de plata, entre 5.000 y 6.000, además de decenas de oro, un caramelo para las mafias. En su informe, la misma empresa señala que la minería en la zona es una actividad antigua, que data de la época colonial y con más fuerza de los siglos XIX y XX, cuando mineros artesanales, conocidos en la zona como gambusinos, trabajaban en sus propias vetas, montaña adentro. El nivel freático en los cerros impidió agotar los túneles, camino que pretende seguir ahora la minera canadiense. La riqueza de la zona trasciende al proyecto de Vizsla. La doctora Sibely Cañedo, especializada en desplazamiento forzado interno sobre el sur de Sinaloa, explica que el macizo montañoso del sur sinaloense “es rico en plata, oro, plomo y zinc. Hasta 2015”, añade, “había 215 concesiones mineras, algunas en exploración y otras en explotación”. Cañedo señala que la minería ha atraído históricamente a los grupos criminales de la región, vinculados de una u otra manera a los grandes clanes del Cartel del Pacífico o Sinaloa. Desde hace algo más de un año, dos de los más grandes, el que dirigen los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán y el que encabezan los de Ismael Mayo Zambada, están en guerra. “Ante la caída de los mercados de siembra de drogas, los grupos criminales han incursionado en otros mercados, como la minería ilegal y hasta legal”, señala la experta, en referencia a la caída de los cultivos de heroína y marihuana en la región. El giro del crimen hacia la minería ha ocurrido también, quizá por motivos distintos, en Colombia o Ecuador, donde las bandas delictivas combinan el cultivo o tráfico de cocaína con la minería. “Hemos podido ver una confluencia entre grupos del crimen organizado y la minería”, sigue la experta. “Han coexistido por muchos años, pero hay etapas donde la actividad minera ha sido víctima de la violencia”, añade.Los conflictos en territorio minero coinciden históricamente con los que vive el Cartel de Sinaloa. Así, por ejemplo, la pelea entre los hijos del Chapo y un viejo lugarteniente de su padre, Dámaso López, en 2017, coincidió con el cierre de cuatro empresas mineras en Concordia. “En ese mismo año asesinaron a gambusinos, también mataron a todos los hombres de una familia de mineros. La viuda de unos de ellos reconoció que grupos criminales les quitaron las minas”, explica Cañedo. El secuestro ahora de los 10 de Proyecto Pánuco parece una escalada en las intenciones de los delincuentes. Las autoridades federales han señalado al grupo de los hijos del Chapo como responsables. “Antes de esto, la mayoría de los mineros que habían sido levantados o desaparecidos, no eran mineros de empresas, sino gambusinos, pequeños mineros que explotaban sus minas de la comunidad. Pero ahora se están acercando a las empresas, empresas transnacionales”, dice Roberto Carlos López, investigador de la Universidad Autónoma de Sinaloa, especializado en desplazamiento forzado. El experto, como Cañedo, señala que, producto del empuje del crimen, la sierra sufre un grave problema de desplazamiento forzado. “No hay datos oficiales de la cantidad de desplazados, sino subregistros”, lamenta el investigador. El caso de Concordia exige a las autoridades una mirada al sur de Sinaloa, después de un año y unos meses centradas en los principales escenarios de la guerra, Culiacán y las poblaciones de su enorme y rural área metropolitana, además de algunos municipios del norte, como Mocorito, Ahome o Badiraguato. El mismo caso de los mineros desaparecidos resulta todavía algo confuso. En estos días, familiares de otras trabajadores de la zona han denunciado igualmente la desaparición de los suyos, en un evento aparentemente distinto al del campamento Las Clementinas. Para acabar de confundir a la sociedad, las autoridades de Sinaloa señalan que ellos, de momento, solo buscan a cinco personas, porque, hasta el momento, solo han recibido cinco denuncias, ignorando el miedo de las familias a denunciar. El caso de Pablo Osorio, un ingeniero civil de Oaxaca que trabajaba en la construcción de una carretera en la zona, ilustra la confusión. Su tío Jaime cuenta por teléfono que desapareció la misma mañana que los mineros, una hora más tarde, cuando se dirigía de su casa al lugar donde sus compañeros le recogían cada mañana, en la cabecera municipal de Concordia. “Nos alertaron compañeros de él, compañeros con los que comparte casa… Esto fue como a las 8.30, era el horario normal que él salía”, explica. De momento, no hay noticias suyas.
Familiares de los mineros desaparecidos en Sinaloa: “No hemos tenido llamadas ni de rescate ni nada”
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